Nuestro lenguaje, tres meses de hermosas memorias
Ya han pasado tres meses desde que María Carolina nació y volviendo atrás en la culminación de su primer trimestre de vida me pongo muy melancólica porque va creciendo muy rápido.
El lenguaje de nosotras comenzó en el cuerpo; desde mis primeros mareos, las náuseas matutinas y la sensitividad en los senos, de esta manera comenzamos a comunicarnos. Cuando ambas compartimos el interior de mi cuerpo, cuando se formó completita dentro de mí, cuando el pulso se me aceleraba, cuando la fatiga no me dejaba caminar. De repente ya yo estaba acostumbrada con los altos y bajos de temperatura, con mis cambios de ánimo. Es increíble saber que mi cuerpo sabía perfectamente lo que tenía que hacer: creció el apetito, mis órganos se movieron y se acomodaron, las hormonas comenzaron a hacer su trabajo y a pesar de tantos cambios, sentía esta enorme bendición, para mí esto era sagrado.
A los cinco meses ya la sentía, a veces llegaba del trabajo y las posiciones de Yoga no me bastaban, porque a eso de las 6:30 pm comenzaba a dar vueltas y se ponía muy inquieta. Mi esposo y yo nos sentábamos a ver cómo se deformaba mi barriga con sus vueltas y brincos mientras veíamos televisión y de esta manera ella se estaba comunicando con nosotros. Eventualmente sus movimientos se transformaron en estiramientos que me dejaban sin aliento y mareada, y de la manera en que involucraba a mi esposo en nuestra conversación, era tomando sus manos y poniéndolas en mi barriga para que él también la sintiera. De esta manera nos íbamos a la cama y ella se manifestaba hasta que los tres quedábamos rendidos. Él se asombraba con tantos movimientos que María Carolina daba y cuando no la sentíamos nos llenábamos de miedo, entonces él le hablaba y le cantaba hasta que nuevamente ella respondía a la voz de papá.
En mi último trimestre ya no había manera de cómo acomodarme, me sentaba en la bola de hacer ejercicios o me ponía a gatas para que la barriga colgara y yo tuviera espacio para poder respirar. Le cantaba y le hablaba y ella pateaba y a veces mostraba señales de tener hipo.
Tres meses después de su nacimiento, todavía nuestros cuerpos hablan. A través de un abrazo, cuando la amamanto, cuando miro fijamente sus ojos hermosos, ella me reconoce; y yo puedo decir que hasta con los ojos cerrados la puedo reconocer por el olor de su piel, por su suavidad. Cuando la pongo en mi pecho para alimentarla y se acurruca junto a mí, barriga con barriga, palpo todos sus huesitos y rollitos de carne. Es como si estuviera embarazada nuevamente con esa fusión de cuerpos una vez más completada.
Mi cuerpo es el refugio de mi hija, y podría decir que el de ella es el mío también. Nos acostamos todas las noches juntitas en la cama (ella duerme con nosotros) y me quedo extasiada al verla como un pequeño ángel que ha llegado desde el cielo a cambiarnos toda la vida. Ahora que está comenzando a explorar un poco y a mirar fijamente objetos, la dejo que explore con mis manos y mi cara lo que provoca sonrisas HERMOSAS en ella. AL escuchar la voz de su papá ella gira su cabecita buscándolo y sonriendo hasta que lo encuentra y comienza a dar pataditas, a agitar sus manos rápidamente y a hacer unos sonidos que al parecer estuviera repitiendo lo que su papá le dice.
No ceso de mirarla y de cargarla, la tengo en mis brazos lo más que pueda; el tiempo pasa volando y sé que pronto será una muñeca o peluche lo que estará apretado en su pecho y deseará estar explorando otras cosas que le resulten más interesantes mientras vaya creciendo; querrá ser independiente y ya no deseará estar tanto tiempo en la falda de mamá. Algún día tendrá sus amiguitas y tendrá otros intereses, otras opiniones, otro punto de vista. Ya me impacienta pensar en el futuro de mi bebé mientras la alimento, la baño, la cambio, la acuesto y se queda mirándome con sus ojitos a medio cerrar y su bobito apretadito firmemente en su boca hasta que se deja ir al mundo de los sueños y duerme ininterrumpidamente por lo menos por 5 horas seguidas.
Lo más difícil de todo esto es que la única que posee la memoria de todo este apego intenso soy yo. Muchas memorias compartidas que serán sólo mías, memorias que podré preservar en video y fotografías gracias a la tecnología. Me imagino que la aburriré hasta más no poder sacándolas de vez en cuando para verlas juntas.Pero sé que existe otro tipo de memoria, la que es del cuerpo y no de la mente. La memoria que se guarda en la sangre, en los huesos y en el aliento, una huella emocional temprana que nos marca a todos desde adentro. Me imagino que esto se repetirá y resurgirá en mi hija y algún gesto familiar o alguna de mis canciones de cuna sin sentido se escuchará cuando sea madre.
Cuando no pueda depender más de mi cuerpo para satisfacer todas sus necesidades, ¿serán las palabras las que nos mantendrán unidas? El lenguaje hablado, ¿podrá convertirse en el santuario que nuestros cuerpos son hoy día? El peso de mi hija, toda enrolladita encima de mí al dormirla me hace recordar sobre ese instinto que nos unió y el que la hace asumir simplemente que yo sé el camino y que entre mis brazos ella está segura.
Ya el período de adaptación está culminando María Carolina, vamos a disfrutarnos cada día y vamos a amarnos cada día más. Hoy celebramos tu tercer mes de vida!
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